viernes, 17 de julio de 2015

The last station

En esta ocasión traigo un pequeño reportaje de una estación de tren de pueblo en desuso desde hace mas de 20 años.


Me refiero a una estación que en su día tenia una planta baja destinada a servicios propios de una estación como sala de espera, lavabo y taquilla.Un primer piso que era la residencia del jefe de estación, 2 mozos y 3 guarda agujas.


En esta estación se embarcaban vino, almendras, avellanas, algodón etc ademas de pasajeros.

Por aquellas vías circulaba originariamente un tren de carbón que no corría demasiado y mas adelante trenes eléctricos.

La estación está rodeada de escombros, muebles viejos, ladrillos rotos. Los matorrales y zarzas se cuelan por todas partes como si se tratara del castillo encantado de un cuento infantil. La fachada está salpicada de pintura lanzada con rabia, que compite con grafitis y dibujos con poca gracia. Solo quedan las cuatro paredes porque la escalera por la que en sus mejores tiempos se accedía al piso superior está derruida. Hubo quien encendió una hoguera en plena sala de espera. Ropa, plásticos, maderas... la basura se acumula en un lugar en el que solo se oyen pájaros.

El campo, plagado de olivos y retama, acompaña a la vía férrea ya casi sin traviesas que un día llevó muchas veces a pasajeros como Rosa Fortuny.

Una vecina de 93 años recuerda que conoció a su marido después de que este, acompañado por un grupo de amigos, se trasladara insistentemente cada fin de semana hasta su pueblo para ir al cine . «Nos casamos hasta ocho chicas con ellos», recuerda mientras repasa sus nombres. Más de 50 años atrás, hubo veces en las que viajaba sola con el revisor, que cuidaba de ella, explica. Era una línea poco frecuentada.


Pero del mismo modo que solo guardan la estación en el recuerdo o bien se refieren a ella con un mohín de repulsión por el abandono en el que está.